COMUNICADO
POSICIÓN: Punto fortificado o naturalmente ventajoso para los lances de la guerra.
Pensamos que las cosas no van bien. No van bien las cosas en la Ciudad, en la polis. En esa parcela sembrada de construcciones variopintas de distintos órdenes, dotada de estructuras de funcionamiento enormemente complejas y poblada de un número inmenso de ciudadanos que no se conocen entre sí. No van bien y este no ir bien, es un desafío enorme para cualquier tipo de existencia que en ella pueda darse. Este no ir bien es un problema de hecho para todas ellas. No porque estén amenazadas de muerte, sino porque no hay rastro de “amenaza de vida”. Para que haya vida es necesario que haya justicia, libertad y conocimiento. Lo contrario de la justicia es la injusticia. Lo contrario de la libertad es el sometimiento, y lo contrario al conocimiento no es la ignorancia sino el fraude. La injusticia, el sometimiento y el fraude están firmemente instalados en las Ciudades. En la nuestra también, en Madrid.
En nuestra ciudad se practican las operaciones comerciales sobre las ya mercancías de lo público, con el objetivo de obtener ganancia de interés únicamente privado. Los consejeros explican en hoteles de lujo a un conjunto de empresarios, las excelentes oportunidades de negocio que ofrecen sus nuevas leyes. El sistema es bien sencillo, una empresa privada, la que más caro cobre por el trabajo y de algún modo u otro vinculada directa o indirectamente al consejero que habrá de firmar su concesión, podrá construir y también gestionar un número sin duda generoso pongamos de centros hospitalarios, ambulatorios y laboratorios, metros nortes, sur, este y oeste, dotados con pantallas de plasma dentro y fuera de los vagones, bibliotecas, carreteras, universidades, centros culturales, escuelas, una ciudad entera. Podrá encargarse “de todo ello” subcontratatando a su vez otra empresa, esta vez la más barata, para preservar el enriquecimiento de la primera. Será esta segunda que se encargará de hacer el trabajo por ella, con lo mínimo, con los despojos que sobran del banquete. Todas las esferas que intervienen en al gestión de nuestra ciudad operan de este modo. La sanidad es ya un negocio. El transporte es ya un negocio. La educación es ya un negocio. La vivienda es un negocio. El trabajo es un negocio. La cultura es un negocio. La vida es un negocio. Donde debía situarse un foro público, se encuentra instalado un mercado privado. Todo aquello que era público es propiedad legal de un número no muy grande de ratas que se frotan las manos pensando en nuestro quehacer laborioso de buenos ciudadanos. Un número más grande es el de de guetos raciales y étnicos que existen en Madrid. Barrios donde residen los llamados “emigrantes”, parte fundamental de nuestro proyecto de enriquecimiento privado. Para los que no desean participar en él, disponemos de otros tantos “centros de retención” o también queda la “expulsión subvencionada” bajo la simple acusación de ser “ilegal”. Algunos barrios están tomados por la Policía, regulando el ocio y el “civismo”. Los movimientos sociales y vecinales de estos mismos barrios son criminalizados. En Legazpi la semana pasada la policía confiscó e identificó a miembros de la coordinadora por una enseñanza pública de calidad que repartían “propaganda”, en este mismo barrio en el que un chaval de 16 años fue asesinado hace casi ya un año por un militar cuando iba a manifestarse pacíficamente contra la xenofobia y el racismo en un acto de un partido “legal” que reclamaba la expulsión de los inmigrantes de este barrio. En Legazpi.
Este negocio y esta ciudad, son mantenidos gracias a un tipo de individuo, un tipo de existencia, que se da en la ciudad. Es un individuo que acostumbra “a mirar a otro lado” a intentar sobrevivir. A intentar “salvarse”. Un individuo que si bien muchas veces se jacta de tomar partido, votando a tal o cual empresa política u opinando así o asao de tal o cual polémica, pocas veces toma posición. Un individuo que en ocasiones se ha montado su proyecto de explotación a pequeña escala. Las grandes empresas deben de mirar a este individuo con ternura.
Pero hay “gente” que se enfada. Gente que comienza a poner en marcha ciertos gestos, ciertas actitudes, ciertos conocimientos, y con ello, ciertas formas de vida. No son formas de vida que denuncian todo aquello que está podrido. Son formas de vida que no han reducido el asunto político al trabajo de la denuncia. No quieren tanto liberar sus vidas de las instituciones que administran injusticia, fraude y sometimiento sino liberarse del tipo de individuo y de yoes que son solidarios y vinculantes a toda esta pobreza y podredumbre. Podredumbre que ven incluso en nosotros, cada uno de nosotros. Tomar posición implica adoptar una actitud singular, configurar formas de decir, de hacer, de ver que trabajan para otra cosa distinta que no la dominación. Pero tomar posición es arriesgado. No es cómodo. No es inofensivo. Es peligroso. Los del negocio, a diferencia del individuo anterior que le es vinculante, no miran a estas formas de vida con ternura. Estas formas de vida ponen en problemas al orden del negocio y al orden de la política. Porque se han inventado “otra cosa”. A la propiedad le contestan con apropiación. Al partido le contestan con la posición.
Nosotros no somos un ejemplo de esta posición vital. Hemos visto en ocasiones a algunas de estas formas de vida. Explotando de júbilo de manera absurda. Bailando en las azoteas de espacios ocupados. Mordiendo la mano del explotador. Entregados a la combustión nocturna de las estructuras sociales. Haciéndose los irresponsables toman la palabra, tomar la voz, tomar las formas, toman lo público. No esperar a que nadie se lo de. Lo toman simplemente. No se dedican a especular sobre lo que la vida debería ser. Simplemente lo hacen. Alguna vez los hemos visto. Nos han afectado en la medida en que algo había en ellas que trabajaba por la complicidad, por la compañía.
Preguntarse qué puede hacer la arquitectura o qué puede hacer el arquitecto a partir de este escenario es una pregunta difícil. Pero no más difícil de lo que ya es no responderla. No responderla es peor que no preguntársela. Tomar posición sería la opción, sin duda. Luchar contra esta cultura de la catástrofe envuelta en papel de regalo.
En este espacio y en este proyecto se nos invitaba a investigar, a montar un laboratorio en torno a la urbanidad que se hiciera cargo de cierta reflexión en torno a la utopía y el humanismo. El problema del humanismo es sencillo. Nos negamos a ver en él los sólidos principios que nos permiten enfrentarnos a la expansión descontrolada del nihilismo lúdico, que produce zombis, y de las nuevas tecnologías, que produce ciborgs y clones. Al volver al humanismo (como hace el liberalismo más radical) retornando al pasado (o al futuro) idílico y jovial y al hacerlo, se efectúa la renuncia de formar parte de “los hombres de nuestro tiempo”. El humanismo se centra en el cultivo de los valores “humanitarios”. El filantropismo que ama al ser humano, a la vida y la libertad, así en general. Pedagogía infantil para una sociedad que se dice llamar “adulta”. El humanismo generaliza el discurso político, elogia los valores del civismo y el consenso mediante el cual ciudadanos libres y de buena conducta acuerdan convivir amablemente. Una política dulce, correcta y bien intencionada que acoge cómodamente cualquier propuesta utópica etérea e ilimitada, formalista o publicitaria. Un limbo confortable, vaya. El humanismo atiende a los deseos del hombre y a sus sueños. Los alienta mientras insiste en que el sueño mueve la razón y el deseo la voluntad. Pero nada hay de facticidad en ellos. Cuando se habla contra el humanismo se teme una defensa de lo inhumano o la glorificación de un tipo de brutalidad bárbara. Debería resultar más evidente que la oposición al humanismo abre simplemente otras vías, no siempre necesariamente inhumanas. Otras formas de vida, tan sólo.
Será imposible que el arquitecto y la arquitectura puedan hacer ALGO mientras el arquitecto se limite a predisponer sus morfologías, mientras el arquitecto mantenga la pretensión de que puede determinar el sentido de la ciudad a través de dispositivos que la dotan de “coherencia”. IMPOSIBLE HACER NADA mientras siga intentado mutar lo oscuro en algo claro y legible, considerando la ciudad como un territorio taxonomizable. Tenemos algunas dudas sobre la posibilidad de que un arquitecto pueda proveer de formas empancipadoras a una sociedad. A menos que el arquitecto pase a proyectar formas de vida disidentes. Que configuran otro orden. Que crean una fractura. En la manera de experienciar la ciudad. La libertad no es un asunto a administrar, es una idea a encarnar, a enaccionar.
El arquitecto, el urbanista parecen operar bajo el miedo de lo inconmensurable, que es aquello que mejor define la vida en la ciudad, emarañada de relaciones, agrupaciones efímeras, comunidades instantáneas, guerras nocturnas, todo un topos poblado de acontecimientos y descargas. Soñamos con ciudades digitalizadas y con televisiones de plasma en los andenes pero la ciudad es un compendio analógico y atávico de formas de relacionarse. Tampoco es transparente, ni es del todo susceptible de ser vigilada, existen zonas de opacidad que no desean ser “representadas”. La arquitectura trata de prever la socialidad desde la simpleza de su esquema papel-maqueta. Desde la razón instrumental. Pareciera que estas maquetas, estas ideaciones no están preparadas para que sobre ellas se desarrolle la histérica heterogeneidad de formas de vida que acoge la ciudad. La utopía imposible que el arquitecto suele buscar en sus proyecciones es la de domesticar la inestabilidad inherente a todo espacio social, viviendo la ilusión de que el espacio está ahí, esperando ser planificado, embellecido, funcionarizado, que el espacio habría de ser interrogado, juzgado y a la postre sentenciado. Si bien la ciudad tiene una forma que podríamos llamar “dura” es sólo un espejismo, pues estas estructuras duras se encuentran atravesadas y transformadas por las relaciones sociales, que las rehacen y deshacen, las usan y las manosean. No podría ser la urbanidad más que un espacio para la apropiación y en ningún caso para la propiedad.
Ludotek ha montado un grupo atípico. Incluso para sí mismo, al tratar de transformarse aquí en otra forma-ludotek. Hemos procurado diversificar las actuaciones como otros diversifican sus inversiones y sus negocios. Diversificar las voces. La voz del extranjero. La voz del filósofo. La voz del estudiante. La voz del arquitecto. La voz del niño. El gesto libre del arte (no siempre ejercido por los propios artistas) El gesto libre del juego, que no es inofensivo, ni simplemente entretenido o relacional. También se toma posición en el jugar. Jugar a inscribir signos desestabilizadores. Jugar a idear espacios inestables, por lo que se pone en juego en ellos. Por lo que unen. Por lo que separan. Esto podría ser la arquitectura que procurara actuar en núcleos urbanos, no planear sobre la ciudad, recorrerla dando portazos en los espacios demasiado silenciosos o silenciados.
Diversificar también la arquitectura sin reducirla a una instancia tontorrona que firma la paz con una ciudad que se encuentra subsumida en una guerra. Nos vemos obligados a no firmar la paz. Porque esta disciplina no tendría que tener más libertad que la del hacer social. Impugnar el orden en el que se nos vienen dadas las cosas. Acercarse a aquellos que estén en esto de conformar otras vidas. Sea el niño. El okupa. El hombre anónimo que decide no querer participar de ciertas cosas. Y esto es un tipo de violencia. Un tipo de violencia invisible que hace daño más a los órdenes habituales de la experiencia de la ciudad, que a los cuerpos que la habitan.
En ocasiones es necesario buscar la confrontación. No hacer de la miseria de este barrio, del barrio de Legazpi, de las desgracias de este barrio, un objeto de consumo. Un objeto disponible a cualquier tipo de ocurrencia.
Varias actuaciones entonces. Varias voces. Varias formas. Varias tentativas. Como la tentativa que fracasa tranquila, porque se trabaja desde ella con el júbilo y la alegría de la posibilidad que conlleva tomar posición.